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lunes, 21 de mayo de 2012

Polizón


    Cuando se despertó, tuvo que acercarse a una pared donde una lamparita parpadeaba para fijarse la hora. Eran las dos de la mañana. Todo el mundo estaba en movimiento y caía una llovizna persistente que lo había mojado de pies a cabeza mientras dormía sobre unos tablones de madera. Le dolía la cabeza y estaba mareado. Aprovechando el siguiente sacudón se tiró contra la baranda que había a unos metros de la pared y vomitó violentamente el contenido de su estómago. Los chorros verdes desaparecieron entre las olas. Le quedó un ardor en la garganta que se sacó escupiendo con fuerza. No recordaba haberse subido a un barco. Estaba asustado. Instintivamente metió las manos en los bolsillos buscando su billetera. No estaba. Caminó por la cubierta buscándola cerca del lugar donde se había despertado. Tampoco la encontró ahí. Reprimió las ganas de vomitar que le volvieron e hizo un nuevo esfuerzo por recordar. No solamente no se acordaba cómo había llegado ahí, sino que tampoco estaba seguro de cuál era su último recuerdo. Se cansó de mojarse y probó la puerta del camarote más próximo, que se abrió con un chillido. La habitación estaba iluminada solamente por una vela sobre la mesa en el centro. Sentado del otro lado había un hombre que se levantó a estrecharle la mano.

– Carlos Medrano –dijo, mientras le daba un apretón lleno de fuerza y pelos de mano. Tenía una barba blanca de un par de días y un ojo medio desviado.
– Sergio Álvarez –respondió Sergio con un poco de miedo.
– Siéntese. ¿Café?
– No, gracias. Para serle sincero, creo que ando con alguna clase de amnesia. ¿Dónde estamos?
– En un barco. En un sueño.
A Sergio dentro de la confusión cualquier respuesta le parecía válida. Incluso esa.
– ¿Quiere decir que estoy durmiendo? ¿Soñando esto?
– En realidad es un poco más complicado que eso. Este sueño no es suyo, Álvarez. Es el sueño de otra persona.
Sergio suspiró.
– ¿Cómo de otra persona? ¿De quién?
– El soñador es don Galo, mi almacenero.
Sergio hizo un esfuerzo, pero no pudo recordar a ningún almacenero con ese nombre.
– ¿Y me quiere decir qué hace un almacenero soñando conmigo?
– Los sueños son así, Álvarez –dijo Medrano tomando otro sorbo del café– Un pensamiento aparece en la mente y enseguida se transforma en una imagen vívida. Personas que creemos haber olvidado. Animales imposibles. 
– ¿Hay alguna manera de salir de acá?
– Claro que la hay. Naturalmente, pueden haber consecuencias inesperadas. Pero todos los sueños se terminan en algún momento. Este sueño se termina cuando se hunde el barco. O cuando don Galo se despierte. Lo que pase antes.
Sergio pensó un momento antes de hacer su siguiente pregunta.
– Además de ser un sueño, ¿Este viaje en barco sucedió en realidad?
– Yo pienso que es sólo una proyección del futuro sobre la imaginación de don Galo.
– ¿Cómo? ¿Es posible soñar sobre algo que todavía no pasó, pero que va a pasar?
– Por supuesto –dijo Medrano–. En el fondo lo que inquieta a don Galo y a unos cuantos más es que estamos viviendo una especie de suspensión del futuro. Por eso están preocupados y preguntan el nombre del barco. ¿Qué quiere decir el nombre? Una garantía para eso que todavía se llama mañana, ese monstruo con la cara tapada que se niega a dejarse ver y dominar.
– ¿Y para qué quiere saber el nombre?
– Yo creo que es porque de saberlo pueden evitar subirse y morir en el accidente cuando realmente suceda. O algo de eso. Y si usted ahora aparece en el sueño también, puede que le sea útil saberlo.
– Imagino que usted también querrá salvarse.
– Yo estoy viajando por propio interés. Vine al barco a morirme, así que no pienso averiguar nada ni escapar. La pregunta para usted, Álvarez es: ¿Está compartiendo este sueño? ¿Está acá de prestado, durmiendo en su propia cama, quizás cerca de don Galo, soñando lo mismo que él?¿O es solo un personaje que desaparecerá cuando le suene el despertador al viejo?


    A Sergio lo aterró esta última idea. No estaba seguro de creer que se pudieran compartir los sueños, pero mucho menos le gustó la idea de ser un monigote del momento. Su cabeza empezó a barajar distintas posibilidades. De repente se le ocurrió algo: don Galo debería estar en alguna parte del barco. El soñador siempre aparece en su sueño. Una certeza entre tanta incertidumbre se sintió bien, como un peldaño firme en una escalera de arena. Dejó el camarote de Medrano sin saludarlo. La puerta hizo un ruido sordo al cerrarse. Se le ocurrió que el lugar más probable para encontrar a don Galo sería al timón del barco. Subió apresuradamente las escaleras mojadas por la lluvia y entró en la cabina, que estaba a media luz. Un rayo lo iluminó todo por un instante. Don Galo era un hombre viejo pero grandote. Su espalda se recortaba contra el cielo tormentoso. Vestía un uniforme de la marina. Tenía una voz ronca.

– ¿Sergio?
– Imagino que usted es don Galo. ¿Cómo conoce mi nombre?
El viejo lanzó una carcajada.
– ¿Don Galo? Qué raro que me digas así. Galíndez me decías vos. ¿Qué hacés acá?
– Eso me gustaría saber a mí también. La verdad que no puedo recordar cómo llegué acá ni por qué me duele tanto la cabeza. 
– Me temo que yo tampoco puedo ayudarte con eso. También me extraña mucho que estés acá. Te tenía por muerto.
A Sergio le dio un escalofrío en todo el cuerpo.
– ¿Muerto?
Don Galo soltó el timón y se dio vuelta. Se movía lentamente, con la calma de los viejos.
– Soy Galíndez, del colegio. ¿No me reconocés? Vos estás igual que como te recuerdo. Qué injusto que yo haya envejecido y vos sigas tan joven.


    Sergio cerró los ojos y se dejó llevar por las palabras de don Galo. De repente le llegaron algunos recuerdos desteñidos, como de película vieja. Estaba en el patio de un colegio. El suelo era de color rojizo. En los extremos del patio habían dos arcos de fútbol medio desvencijados. A un costado, un pasillo bajo un techo de tejas. Contra la pared había un kiosco improvisado en una ventana de lo que alguna vez había sido un aula. El kiosquero acomodaba unas cajas en los estantes de atrás. Al terminar, se dio vuelta y levantó una mano, como saludando. Sergio se quedó totalmente paralizado. Era él mismo, atendiendo el kiosco. De repente lo entendió: eran las memorias del viejo. El viejo lo recordaba de cuando él le vendía en los recreos del secundario, y ahora él podía ver sus recuerdos.

– Galíndez. Vos jugabas bien a la pelota. Yo te dije que te fueras a probar a Independiente.
– Exacto. Ahora te pido que por favor hagas memoria y me digas cómo llegaste al barco.
– Sigo sin entenderlo – mintió. En realidad lo aterraba la idea de que el viejo se despertara.


    Se sintió un fuerte golpe al frente del barco. El sacudón tiró a Sergio y a don Galo al piso de la cabina. El ruido de la tormenta fue tapado por una sirena ensordecedora. Sergio se levantó tambaleando y miró a don Galo. El viejo estaba paralizado por la confusión. El siguiente sacudón los levantó por el aire y al caer, Sergio golpeó con el taco del zapato la cabeza de don Galo. Sintió miedo, y después se volvió el miedo mismo, y después un escalofrío, la nada, sólo un dolor de cabeza de don Galo, que se movió en su cama y el sueño del barco pasó a ser una historia sobre nubes, o sobre amapolas amarillas.

lunes, 25 de abril de 2011

Barco de papel


Papá me hizo este barco de papel bien grande, me sentó adentro y me tiró al río para ver hasta donde llegaba. A mí me parece que esperaba que me hundiera en seguidita, y seguro estaba listo para venir a rescatarme (él sabe nadar muy bien); pero no, ya llevo un buen ratito andando, y esto sigue. La verdad que es lindo. Para mí que voy a llegar a África, donde viven el león, la jirafa y el elefante. Lo único que no me gusta es que el barco se mueve mucho, y me dan un poco de ganas de vomitar. Cuando pasaba eso en el auto, mi mamá me ponía Reliverán en la boca (es muy amargo) y se me pasaba. Pero hoy no vino mamá a pasear con nosotros. No sé por qué. Siempre venimos los tres juntos a Vicente López a remontar barriletes y a tomar mate con medialunas y churros. Pero hoy seguro le dio frío, porque es otoño y hay un viento bastante fuerte. Esta mañana me dio un beso y un abrazo muy fuerte, y estaba un poco más callada que de costumbre. Yo sé que anoche pelearon con papá. Se piensan que no me doy cuenta porque soy una nena, pero se escuchaban los gritos desde mi pieza. A mí no me gusta que peleen. Pero ahora me preocupa más mi barco, porque el papel ya empieza a estar más mojado, y yo no sé nadar. En la costa papá ya se ve muy chiquito pero no deja de mirarme. Yo lo saludo con la mano pero despacio, porque me da miedo caerme. El cielo está todo gris, como si lo hubieran tapado con algodones sucios. El barco avanza pero se está rompiendo, y con los pies mojados me da más frío. Atrás mío suena un trueno: el rayo debe haber caído en África. Pero yo miro a mi papá. No sé por qué se acomoda la campera y sube al auto, como si no le importara que el barco se mueve mucho y que yo lloro porque tengo mucho frío.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Coma


Parece tan lejos ahora 1989, cuando dejé el mundo para no volver. Parece pero no es tanto; veinte años no es nada para la vida de una persona de mi edad. Muchos se preguntarán qué me pasó, como si fuera un hecho muy misterioso. Sin embargo es muy simple: me cansé de la gente, de lo difícil que es tener a alguien verdaderamente cerca, y me subí a este barco mental donde nadie me molesta, donde sólo respiro y pienso. Pienso en colores, en cosas abstractas, en un olor a rosas pálidas medio moribundas, en el mar, en la noche. Pienso en estas cosas y mientras sonrío para mis adentros. Seguro que mi boca allá en mi cuerpo está quieta como la boca de un muerto. Mi cara debe tener mucha barba ya, y no creo que nadie se acuerde de limpiarme ni de cuidarme. Yo también olvidé muchas cosas en este tiempo. Lo último que olvidé es el nombre de mi mamá. No me acuerdo si era Alicia, Elcira o Elvira. Me acuerdo parte de su cara, una sonrisa, y su ojo derecho medio tapado por un mechón de pelo rubio. Me pregunto cuánto tardaré en olvidar también esa imagen, hasta que me quede solamente el brillo en ese ojo que se multiplica y después sólo una sensación, un color asociado con un sentimiento tibio, y después ni siquiera eso. Sé que el lenguaje tampoco me va a durar para siempre, pero todavía converso conmigo mismo, como metido en una bolsa. Hay mucha paz acá. Así debe haber sido mi espera para llegar al mundo. Y así como en aquél momento seguramente no todo era oscuridad, ahora tampoco lo es. Entre la negrura de mi mente distingo una silueta que parece ser un árbol o un hongo gigante. No puedo ver bien a qué distancia está, y no sé si me dirijo a él o si está creciendo. Pero eso es mi mundo ahora, un color negro que vira al rojo pálido y la silueta del árbol (o el hongo) y el olvido a mi lado, como con forma de nada. Allá afuera no estoy seguro de que el mundo siga siendo mundo, o si se agotó como una pera reseca dejada en la ventana y yo vivo solamente porque estoy enchufado a alguna máquina que me mantiene con vida.
Mi plan final es inventarme una canción corta y fácil de recordar. Y cuando la termine, voy a cantarla una y otra vez, y va a ser mi despedida de todo. Al final en mi mente sólo van a existir las palabras de la canción, no voy a poder tener otras ideas que no sean la canción, y de a poco también la canción se irá transformando en un sólo sonido, y hacia ese sonido, o quizás sea un color, o un lugar tibio, voy a ir con todo mi ser a apagarme para siempre.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Atardeceres


10 de Febrero

Lo estuve pensando varios días y no da para más: me harté de la ciudad. Entre el ruido del tránsito, los accidentes, la falta de lugar y las interrupciones, no puedo trabajar. Siempre me llama alguien por teléfono, o se lastima el nene de abajo y grita como un descosido, o me cortan el agua y no puedo bañarme. Por la calle la gente me choca a cada rato. Me salió un sarpullido en todo el brazo que me pica constantemente y no paro de rascarme. Ya varias veces me dieron ganas de irme pero al mismo tiempo que lo consideraba, la tensión aflojaba un poco y me terminé quedando más de lo debido. También me decidí a empezar a escribir este diario con la plena confianza de que la tranquilidad se va a poder evidenciar en mis palabras escritas. Seguro me va a dar gracia volver a leer esto en un tiempito, ya calmo y trabajando en lo que más me gusta. Me voy a dormir muy contento con mi decisión.

11 de febrero

Llamé a mi hermana mayor para pedirle las llaves de la casa del campo. Contrariamente a lo que pensaba, no me hizo ningún escándalo; solamente le pareció medio raro que me vaya a vivir tan lejos, aislado de la ciudad. A la tarde pasé por su casa. No hablamos mucho más, me dio las llaves y unas tortas fritas para que comiera en el viaje. Me dijo que seguramente me darían ganas de volver luego de relajarme un poco. La verdad es que quizás tenga razón, pero ahora todo lo que me importa es irme, aflojar las tensiones, pintar.

12 de febrero

El viaje fue largo pero ya en el tren sentí que la calma y el sentimiento de aventura empezaban a apoderarse de mí. Me siento joven, listo para salir corriendo. Me traje solamente la ropa, un caballete, los óleos, unos pocos lienzos y el talco para pies, que me hace mucha falta. En la estación nadie me reconoció (por suerte). Le pedí a un paisano que andaba en sulky que me alcance, y le tiré unos pesos de propina. La casa está más o menos como la recordaba de la niñez. Quizás un poco más sucia y con el pasto crecido (el casero solamente viene una vez cada dos meses a cortarlo y limpiar un poco). Me tomé un té que encontré en la alacena de la cocina y ahora me voy a dormir.

13 de Febrero

Es increíble cómo se duerme en el campo. El silencio que hay por la noche es total. A la mañana me desperté con el cantar de los gallos y los pajaritos y fue muy natural. Como si dormir significara esto y no lo otro que hacía en mi departamento.

Hoy fui a buscar víveres al pueblo. Carne, arroz, algunas verduras que no crecen en el huerto, querosene para la heladera, velas. Volví a casa, dejé todo y me fui a pasear por el campo. Es increíble lo hermoso que es. Lleno de pastizales altos, girasoles, plantaciones de maíz y otros cultivos. Todo amarillo. Volví cansado pero lleno de ganas de ponerme a trabajar. Decidí que voy a pintar en el campo, al rayo de sol. No me va a venir mal para sacarme el color blanco que tengo.

Me encanta esto de escribir a la luz de la vela. Ya tengo mejor el brazo.

14 de Febrero

Hoy fue mi primer día de trabajo en el campo. Planté el caballete en la tierra, en medio del cultivo. Lo aseguré con unas piedras y tierra amontonada para que no se mueva mucho al pintar. Estuve unas dos horas bocetando antes de pasar a los óleos. Me enfoqué principalmente en la plantación de girasoles que hay alrededor de la casa. El sol se iba poniendo hacia el centro de la escena, así que también lo incorporé. La casa se robó un pedacito de lienzo sobre la izquierda. Después de delinear la idea original, empecé a colorear. Todavía no hacía mucho de eso cuando escuché a unos cuervos pasando por arriba de donde estaba apostado. Un cuervo se desprendió de la bandada y se paró sobre el caballete. Se quedó mirándome fijo unos segundos (vaya uno a saber qué pensaba el bicho). Estábamos tan cerca que me pude ver reflejado en sus ojos negros. Al rato pegó un grito y salió volando a unirse de vuelta con el resto. Menos mal que no llegó a estropearme nada.

Pintando ahí me siento un poco planta. Cuando sopla el viento y estoy muy entretenido con el pincel en la mano siento que me inclino un poquito, casi como un junco o una espiga de trigo.

La pintura me va quedando bien, pero todavía le falta un poco. Mañana seguramente decida si la sigo o empiezo otra cosa.

Recién comí un guiso con sobras de cosas de los días anteriores. En un rato apago la vela y me duermo. Voy a dormir muy bien luego del trabajo de hoy. Se siente el cansancio.

15 de febrero

Hoy me desperté muy tarde; por cómo entraba la luz del sol por la ventana calculo que ya era mediodía. Me sentía medio raro; cuando intenté incorporarme me dí cuenta de que tenía fiebre. Evidentemente me hizo mal tanto sol de golpe. Estuve bastante descuidado con eso. Tengo mucha sed. Ya me tomé más de la mitad del agua que había juntado del pozo ayer. Cuando baje el sol voy a ir a buscar un poco más para tener para la noche. No tengo hambre. No doy más del dolor de cabeza.

Ahora me acabo de despertar de una siesta y no sé qué hora es. Todavía tengo mucha fiebre. Cuando cierro los ojos, veo figuras borrosas de colores sobre el fondo negro. A veces se me hace que es una enfermera, o un topo. No pienso ir a buscar agua. Voy a esperar hasta mañana a ver cómo me siento. Me tomé lo que me quedaba de agua en la botella.


18 de febrero

Puse 18 por poner un número, pero no estoy seguro de qué día es. Con el asunto de la fiebre perdí un poco la noción del tiempo y acá no tengo ni radio ni nada para fijarme. Poco importa, la verdad. Fui varias veces a buscar agua al pozo y en seguida me metí de vuelta en la cama. Me hice una sopa y terminé el pan que había comprado en el pueblo; casi no tuve apetito. Por suerte ya me siento mejor. Seguramente mañana después de ir a comprar algo más de comida me ponga a trabajar de nuevo. No escribo más porque tengo miedo de que me vuelva el dolor de cabeza.

19 de febrero

De vuelta la incertidumbre por la fecha, pero dejémoslo ahí, que hay otras cosas mejores que contar (¿a quién? ¿a mí mismo en el futuro?). Hoy volví a pintar. Al mediodía sentí el sol como un dolor persistente en la parte de arriba de la cabeza. Puede sonar medio raro, pero lo aguanté porque sentí al mismo tiempo que el dolor una calma grandísima; como si recibiera la energía solar y la guardara adentro mío. Quizás sean delirios de la fiebre. El cuadro lo tengo muy avanzado. Menos mal que traje varios pomos de amarillo, rojo, verde, marrón. Formé unos ocres hermosos para el campo y apenitas si usé el gris para las paredes de la casa (como lo usaba mucho en la ciudad me traje varios pomos de gris también, pero ahora me parece que me van a sobrar). Me pareció un poco solitaria la imagen, así que me agregué a mí mismo a la derecha de la escena, como tirando semillas por el campo. Creo que dentro de todo quedó armoniosa la adición.

A la tarde pasaron los cuervos de vuelta y creí reconocer al que me visitó el primer día, pero ninguno bajó. Tengo el brazo curado casi del todo.

20 de febrero

Hoy me pasó algo rarísimo mientras pintaba: me sentí mareado de un momento a otro y me desmayé. Es la primera vez que me pasa en la vida. Mientras estaba inconsciente, me parece que soñé con la enfermera y el topo. Cuando me desperté, ya era de nochecita. Junté todo contento de que no se hubiera largado a llover, porque sino se me hubiera arruinado el trabajo de varios días. Me vine a casa y me acosté directamente sin comer (solamente tomé bastante agua. Cada vez tengo más sed). Estuve pensando mucho en el sueño, en si tendrá algún significado. Ya casi no me queda vela y no voy a prender otra. A dormir.

21 de febrero

O el día que sea. Hoy tomé el desmayo con naturalidad. Empezó antes del mediodía. Lo sentí llegar como la primera vez; como un mareo, una borrachera súbita. Como una vibración del paladar. Duró mucho más que la otra vez. No soñé, o no me acuerdo qué soñé. Cuando me desperté, estaba abrazado a unas plantas, y me picaban muchísimo los pies. Debe ser que no estuve usando el talco. También tenía unos botones de la camisa colgando. Me imaginé que el cuervo del otro día volvió a bajar y le llamaron la atención, brillando al sol. Ni ganas de coserlos. Tuve que volver a la casa en penumbras, me costó bastante ubicarme.

27 de febrero

Vuelvo a casa luego de varios días (imagino que unos 5 o 6; imposible saber a ciencia cierta). Me desmayé pintando y me desperté varias veces, pero me era imposible incorporarme. Traté de calcular la hora a partir de la posición del sol. Me extrañó que la segunda vez que me desperté fuera más temprano que la primera (lo atribuí a un error de mi mente delirante). Lo flaco de mi abdomen me indicó que en realidad había pasado más de un día. No tuve hambre ni sed. El cuadro está muy avanzado, me quedan pocas cosas para terminar. Me pregunto si lo terminaré antes de volver a desmayarme; también si van a durar más a partir de ahora los desmayos. Reconozco que es un poco raro, pero no me importa volver a la inconsciencia o al sueño de la enfermera y el topo. Me gustaría terminar el cuadro y seguir descansando, ya sea en esta cama o tirado entre las plantas, sintiendo a lo lejos los gritos de los cuervos que pasan todas las tardes a la misma hora y seguramente me miran curiosos desde lo alto.

viernes, 5 de febrero de 2010

Sin cables


Dice Tita que el día que empezaron a montar la antena en la terraza de la pensión hacía mucho calor, y que estábamos todos en el patio mirando y tomando helado. Yo no me acuerdo. Lo que sí me acuerdo es que al día siguiente, volviendo del trabajo, me sorprendí al ver el bonete de metal sobre el techo de la casa. Eso fue hace dos años, según los cálculos de Tita. Lo discutí con ella hasta que la fecha en las primeras recetas del médico lo confirmaron. Las recetas las encontré abajo de la pila de libros que tengo al lado de la cama, en la mesita de luz. Hay cinco libros. A veces leo antes de quedarme dormido. Los libros los voy rotando. Cuando termino el libro que está arriba de todo en la pila, lo pongo abajo y tomo el siguiente. Los libros son todos de colores distintos. El que estoy leyendo ahora es sobre delfines. Me gustan mucho las figuras de colores a doble página; tanto, que muchas veces salteo el texto y solamente me concentro en las figuras. Hay una muy linda, que siempre me quedo mirando por largo rato, de unos delfines malabaristas. Hacer malabarismos con unas pelotas blancas y rojas es su trabajo. A mí me gustaba mucho el mío. De eso me acuerdo bien. También me gusta mucho quedarme en mi habitación a leer libros tirado en la cama. Pero más me gustaba mi trabajo. Tenía una compañera de pelo muy rubio, que se llamaba Silvia. Tenía los ojos azules más lindos que ví en mi vida. Y a la tarde a veces me invitaba con un mate. Yo hacía muchas cuentas con una calculadora de esas que imprimen los resultados en un rollito de papel. Silvia no hacía cuentas. Atendía un teléfono que raramente paraba de sonar. A mí no me gusta hablar por teléfono. Pero a Silvia parecía gustarle. Siempre sonreía cuando hablaba con la gente que llamaba, y los trataba muy bien. Tita me dijo que la antena que hay en el techo sirve para que la gente hable por teléfono. Dice que hay gente que tiene teléfonos sin cables, y que los llevan a todos lados. A mí me cuesta creerlo. Pero una vez le ví al médico un teléfono con antenita en el cinturón. Era largo, macizo y gris. Los delfines son todos grises. El libro sobre delfines es amarillo y tiene el título escrito con letras negras. Los otros libros son de otros colores. No me acuerdo de qué trata el libro azul. Del verde oscuro me acuerdo que tiene unos dibujos de flores muy lindas en una de las páginas centrales. De los otros libros tampoco me acuerdo. Una vez Tita chocó la mesita de luz con una pierna y tiró todos los libros al piso. Yo me enojé mucho y le grité muy fuerte. Ella después me perdonó, porque es muy buena. Siempre me ayuda con la ropa y me trae la comida. Aunque no me gusta la comida que hace Tita. Me da la sensación de que siempre cocina lo mismo. Hoy me hizo milanesa con papas fritas. A mí me gusta más el puré. A Silvia le gustaba el pollo al horno. Cuando me pongo a pensar en ella, me doy cuenta de que la extraño mucho. También extraño mucho comer helado. Pero el médico no me deja salir, y Tita no me compra nunca. Ella ronca mucho a la noche. Lo sé porque yo casi nunca duermo. Pero no me importa no dormir. Cuando no duermo, leo los libros. Cuando me agarra el dolor de cabeza, no leo. Cuando Tita me trae la comida tampoco. Lo que menos me gusta de todo es el dolor de cabeza. Me agarra siempre más o menos a las tres de la tarde, y se me va a las cinco. El médico no sabe por qué me duele siempre a la misma hora. Yo tampoco sé. Me hace muchas preguntas, pero siempre se va con cara de preocupado y me receta muchos remedios. Yo a veces no tomo los remedios. Cuando no tomo los remedios, duermo menos. La mayoría de las veces tiro las pastillas por la ventana. Tita no se da cuenta porque ya no ve muy bien. Lo sé porque muchas veces le mostré figuras en los libros, y se nota que no las ve muy bien cuando se las señalo. Menos mal que yo veo bien. Eso siempre me ayudó en mi trabajo. Pero ahora no me dejan volver a trabajar. Cuando empecé a sentirme mal y a quedarme más en casa, en seguida me mandaron el telegrama de despido. Tita dice que lloré mucho cuando lo leí. Yo no me acuerdo bien de eso tampoco. Sí me acuerdo de que no hacía mucho que habían puesto la antena, y yo todavía no tenía los libros. Debe ser por eso que las primeras recetas quedaron abajo de la pila. Los libros me los compró Tita cuando me dejó de andar el televisor. Me acuerdo que la parte de arriba de la imagen se empezó a ver negra, y la mancha se siguió extendiendo hasta cubrir toda la pantalla. También hacía un ruido muy raro. A mí no me gustaba el ruido, y me hacía doler la cabeza. Aunque cuando dejó de andar el televisor, me siguió doliendo, siempre a la misma hora. Así que seguro no era el televisor. Pero a mí no me importa, porque me gusta mucho leer libros, y acordarme de Silvia. Con ella íbamos al cine a veces. Uno de esos días me animé a besarla. Tenía la boca muy húmeda y suavecita. Fue poco antes de tener que dejar el trabajo. Después de eso nunca más la ví. Muchas tardes pienso que a la salida del trabajo va a venir a visitarme, y la espero. Pero nunca viene. Igual yo leo mis libros, y en seguida me entretengo. Leo siempre, menos cuando me agarra el dolor de cabeza. Ahí es mejor cerrar los ojos bien fuerte, acurrucarse todo contra la almohada y esperar a que se vaya. El médico no me dijo que haga eso. Pero yo lo hago igual. Me doblo todo y espero a que se me pase, pero no se me pasa rápido. Tita a veces me ve en esa posición y se asusta, y me pide que me enderece. Yo no le hago caso. A veces Tita es muy molesta con algunas cosas. Pero la mayoría de las veces es muy buena. Yo le pregunté varias veces si la volvió a ver a Silvia por la calle. Ella dice que nunca más la vio. Yo le creo, porque Tita jamás me mentiría a mí. Además, me daría cuenta en seguida. Igual yo sé que me va a venir a visitar, porque nos besamos. Y la gente no se besa porque sí. A pesar de que ya pasó mucho tiempo, yo sé que cuando me mejore y vuelva a la oficina vamos a volver a estar juntos. Porque a ella le gustaba conversar conmigo, todo el día, y nunca nos cansábamos. Últimamente me siento muy cansado, hasta para discutir con Tita, o preguntarle por qué siempre cocina lo mismo. Me cuesta hablar de cualquier cosa. Así que leo los libros, y pienso. Me preparo para cuando el médico acierte con los remedios y yo me empiece a poner cada vez más fuerte, y pueda volver a salir a tomar un helado, y a la oficina, y a besar la boca de Silvia.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Calzoncillos y capitalismo


Entonces la marca de ropa interior masculina usada por la mayoría de los hombres decide achicar considerablemente y sin previo aviso el tamaño de sus talles de slips para reducir costos (lo que es la crisis). Como la mayoría de los hombres no compra su ropa interior, ya que de eso por lo general se ocupan sus madres, esposas o hijas (vaya uno a saber por qué), y ellas compran por número de talle, el cambio pasa desapercibido hasta que por la calle Florida no se puede caminar por la larga hilera de gordos pelados de bigote (y otros sin) que caminan lentamente, como constipados luego de comerse un asado completo. Claro que se quejan con sus mujeres y ellas van con modelos anteriores a las casas de ropa interior, y les compran uno o dos talles más pagando la diferencia, con tal de que ellos estén más cómodos.

La crisis, como todo, pasa. Y al cambiar el director de la fábrica, el nuevo (Romualdo Ramírez, tradicionalista, colecciona estampillas) decide volver al sistema de talles anterior sin tampoco avisar a nadie fuera de la empresa. Lo que esperablemente genera un aumento desmedido de rayas del culo visibles en plomeros que se agachan a arreglar cañerías de cocina, instaladores de cable y otras profesiones que se desarrollan con las rodillas dobladas. Muchos de los gordos antes apesadumbrados descubren un nuevo nivel de comodidad, y en algunas provincias particularmente calurosas aumenta el uso de Empecid. Y así funciona el mundo capitalista.

domingo, 31 de mayo de 2009

Josecito


Me vine a vivir a Rio de Janeiro hace unos años. Antes de mudarme había venido de visita dos veranos seguidos, y me fui enamorando de la ciudad caliente y exuberante. Y si bien me encanta pasar el día en la playas de Barra de Tijuca, una de las cosas que más me gustan es caminar de noche por las calles oscuras del Centro. Luego de cenar una feijoada o pescado frito en algún restaurante de comida a kilo, me vuelvo a casa, me empilcho y agarro para el lado del barrio de Flamengo, donde el calor de la noche se funde con el olor a pis que brota de la vereda blanca y negra como si fuera el alma de la ciudad.

Fue en una de esas noches de caminata solitaria que me sorprendió ver un amontonamiento de gente en uno de los tantos callejones sin salida. Desde la bocacalle vi a unas 40 personas rodeando algo que no pude divisar. La gente aplaudía asombrada a cada rato. La escena estaba iluminada por una luz roja que la oscuridad devoraba a unos pocos metros. Me costó abrirme paso hasta llegar a ver, bajo la axila de un negro muy alto, lo que todos estaban admirando: un chico sentado en el piso, acompañado de su padre, quien le daba órdenes desde una silla de mimbre. Sobre el piso, había algunos objetos: una goma de borrar, un lápiz, una tapita de gaseosa.

El padre calló con un gesto a la multitud. A los gritos, anunció que Josecito daría paso al número central del espectáculo de esa noche (El nombre del chico y una banderita en la silla me revelaron que eran uruguayos). Seguidamente le indicó al chico algunas cosas en voz baja, que no logré entender. Josecito no parecía dispuesto a seguir las órdenes de su padre, hasta que la amenaza de un cachetazo pareció convencerlo de repente. La gente les tiró algunas monedas adentro de un sombrero gastado que habían puesto en el piso. El chico cerró sus ojos y de su garganta comenzó a surgir un ruido que fue elevando mi miedo y mis ganas de ver qué pasaría a continuación. Unos pocos segundos más tarde, no pude creer lo que veía: la goma, el lápiz y la tapita se despegaron del suelo. Primero muy lentamente, como si les costara; pero luego ganaron unos cuantos centímetros más, y comenzaron a bailar alrededor de la cabeza de Josecito, que seguía con los ojos cerrados y haciendo ruidos distintos con su garganta. La gente no salía de su asombro. Un par de señoras empezaron a declarar a los gritos que el chico estaba poseído por demonios, y fueron inmediatamente apartadas por el resto de los espectadores, que estaban más interesados en seguir mirando el espectáculo que por la posible maldad que pudiera contener.

Al cabo de unos pocos minutos, Josecito se calló y los objetos perdieron vida, volviendo al lugar en el piso que ocupaban originalmente. Pero eso no es lo único que pasó. Una sensación de frío extremo recorrió todo mi cuerpo, a pesar de que era Febrero y la noche era muy calurosa. Miré a mi alrededor. Se adivinaba la misma sensación en el resto de los espectadores. Desde su posición, Josecito nos miraba con sus ojos tristes. No había duda: él nos estaba haciendo sentir ese frío.

La mayoría de los espectadores huyeron despavoridos. En ese momento, un hombre gordo, de traje gris y sombrero se acercó al padre, que ya miraba al pobre chico como con ganas de castigarlo por lo que estaba haciendo. Aparentemente era un hombre del espectáculo, y le ofreció pagarle mil reales diarios a cambio de los trucos del chico si lograba pasar una prueba, que calificó de "muy sencilla": tenía que levantar la silla de mimbre por lo menos 30 centímetros.

El padre no lo dudó ni un segundo. En seguida se paró y corrió la silla para que quedara frente a Josecito y le ordenó que la levantara usando el mismo truco. Josecito se negó. Y esta vez parecía totalmente resuelto a no acceder por ningún medio a realizar el truco. Entonces el padre metió la mano en el bolsillo y sacó un pedazo de cuero todo roto, que amenazaba usar como látigo. Vi la cara de asustado del pobre chico, que me miró como pidiéndome que lo salvara. Yo estaba paralizado por la escena misma, así que no pude hacer nada. Con resignación, volvió la vista hacia su padre y asintió con un movimiento rápido y resignado de su cabeza.


Se arrodilló frente a la silla, con los ojos cerrados. Volvió a hacer el ruido fuerte con la garganta. La silla empezó a agitarse en su lugar. El ruido se escuchaba cada vez más fuerte. La silla se despegó del suelo unos pocos centímetros. El tipo de traje se frotó las manos. El padre sonreía excitado. Vi las gotas de sudor en la frente de Josecito. La cabeza le temblaba como un sonajero. De repente, abrió los ojos. No me alcanzan las palabras para describir lo que vi dentro de ellos. La silla se rompió en pedazos en el aire, y él cayó de frente contra el suelo. Hubo un instante de silencio total. El padre quedó paralizado. El señor de traje gris se fue, como haciéndose el distraído. Yo me escapé corriendo, con un miedo terrible.

La otra noche volví a pasar por el callejón donde murió Josecito. No había nadie. Lo único que quedó de él es un pedazo de vereda quemada.

domingo, 10 de mayo de 2009

El tren

Todos los días es igual: uno se levanta de la cama con las esperanzas renovadas y cree de repente en el amor entre todos los seres humanos; es capaz de tomarse un té. Lo termina y agarra unas galletitas al vuelo para no llegar más tarde al trabajo, solamente para comprobar al cabo de unos 5 o 10 minutos la verdad inapelable: que la gente sigue empujando en el tren.

Intente usted bajarse en la estación en donde termina su viaje, y no lo logrará, salvo que sea la estación terminal. La masa de carne, uñas, pelo y huesos que le impide bajar es cómplice de la que intenta subir, y de nada sirve el pedido de "permiso", o "permiso, por favor": solamente haciéndose partícipe del empujamiento podrá usted evitar bajar en la estación siguiente.

No faltó oportunidad en la cual intenté educar a algunos de los individuos que me trataron de impedir la escapatoria en la estación elegida; lo máximo que conseguí fue una mirada de indiferencia, cuando no un insulto, o una escupida con olor a caramelo de menta.

Luego de comentar el tema con mis conocidos, llegamos a la conclusión de que tratar de acceder de manera racional al problema es inútil: si en el mejor caso el obstáculo acepta el reclamo hecho y se convierte al lado bueno del problema, otra persona estará ahí, lista para reemplazarlo al día siguiente; y con ella seguramente no tendremos tanta suerte. De esto podemos deducir que la gente que empuja en el tren y no deja bajar proviene seguramente de un barrio oscuro y lúgubre (los faroles siempre apagados por la noche, las calles cubiertas por un toldo de día para que no llegue la luz del Sol, los perros sucios y moribundos, las paredes de las casas cubiertas de una sustancia viscosa, las veredas de madera podrida); o tal vez solamente de una organización dedicada especialmente a hacer más tediosas las idas y venidas del trabajo.

Afortunadamente para nuestras esperanzas, durante el día uno charla con un buen compañero de trabajo, un familiar o un amor y queda listo para enfrentar algún otro viaje, leerse una revista o comerse unas Criollitas con dulce de leche. Y así es como uno siente que le gana la pelea a la gigantesca babosa.

domingo, 5 de abril de 2009

Carta a la señorita Bologni

Hola,

Me hubiera gustado comenzar saludándote por tu nombre, pero no estoy seguro de saberlo. "Hola Andrea" hubiera sido un comienzo mucho mejor (nunca voy a entender de dónde saqué el nombre Andrea, probablemente lo inventé como forma agradable de completar tu apellido, "Andrea Bologni" suena bien). Con vos me pasó algo que ya me había pasado. Nuestro contacto se produjo en un sueño. Soñé con vos, aunque no te conozco.

El sueño fue así: de repente me encuentro en un aula muy parecida a las que había en el colegio donde hice la primaria. En realidad estaba frente a la puerta entreabierta del aula, y podía ver a algunos de mis compañeros que estaban dentro. A muchos de ellos los reconocí: eran compañeros del curso de cuento que hice el año pasado, como 15 años después de terminar la primaria. Debería ser ya la hora de irse a casa, porque estaban todos juntando los útiles dentro de sus cartucheras. Cuando ya casi todos se habían ido, noté que quedaba una cartuchera olvidada sobre unos de los bancos de madera. Le pregunté a la chica que se sentaba en el lugar de al lado, y me dijo "ah sí, se la olvidó, me parece que ya se fue".

Como ya casi no quedaba nadie, tomé la cartuchera y me propuse llevármela para devolverla a su dueño. Obviamente el problema era que no sabía de quién era. La abrí, y estaba llena de lápices de colores y fibras; había también un sacapuntas y una lapicera de esas que usan las chicas, rosa con dibujos de ositos blancos.

En ese momento sentí que me despertaba; mi visión del aula se borroneaba, viraba al blanco. Intenté desesperadamente llevarme algo, no perder para siempre todo eso, averiguar de quién era la cartuchera. Seguí revolviendo. Encontré tu goma de borrar. Era azul y roja. La dí vuelta. Tenía escrito tu apellido. Decía en birome azul sobre el fondo rojo "Bologni". Ví el techo de mi pieza.

Así que bueno, ya sabés. Si necesitás tu cartuchera avisame, que la tengo yo.

Un saludo,

Luciano

lunes, 19 de enero de 2009

Composición, tema: El ascensor


Hoy me puse a pensar sobre los ascensores, esas curiosas habitaciones móviles que pertenecen un poco al tercer piso y otro poco a la planta baja, es como si de repente uno quisiera ir al baño pero no estuviera ahí listo para ser usado, entonces se presiona un botón y el baño compartido por todo el edificio viene raudo y veloz al encuentro; preferentemente con olor a flores y a desodorante Poett en abundancia. De la misma manera podríamos compartir cocina, comedor y balcón, haciendo los departamentos mucho más interesantes arquitectónicamente. Y claro, si necesitáramos trasladarnos de un piso al otro, que es la verdadera función de estas cajas llenas de espejos y olores, sería mucho más grato utilizar la sala de estar o la biblioteca, y de paso chusmear los libros que las otras personas fueron guardando.

Una de las cosas que caracterizan a los ascensores son los temas de conversación, siendo el clima el preferido por la abrumadora mayoría. He conocido a mucha gente que, ansiosa por comentar el calor que hace o el frío que se viene con la tormenta, decide apagar el televisor y viajar desde un séptimo piso a la planta baja con la esperanza de encontrar una oreja que escuche estas importantísimas noticias. De este claro ejemplo resulta evidente el rol socializador de estos solitarios vagones verticales.

Hace un par de semanas nos quedamos encerrados entre dos pisos con 7 de mis compañeros de la oficina en el ascensor del edificio donde trabajamos. Intenté en todo momento hacer comentarios graciosos para que mantuvieran el buen humor y la calma, y también para que no surgiera el tema del clima. De otra manera, como estuvimos 15 minutos encerrados, seguramente luego de comentar el presente día y el fin de semana siguiente, nos habríamos puesto a hacer predicciones para los días más allá del fin de mes y gráficos de isotermas con el dedo sobre el espejo empañado. Inevitablemente para el momento del rescate hubiéramos tenido listo el pronóstico de la semana siguiente para las 20 principales ciudades del mundo, y una explicación totalmente revolucionaria acerca del microclima de la ciudad de Bariloche.

Por lo demás, cuando uno se sube y hay solamente gente que no conoce, no hace más que hacerse el sota y mantener el silencio sepulcral; la mirada va al vacío, es mirada de subte, que mira quizás hacia adelante pero sin ver nada; muchas veces mira al número, como si fuera de repente a marcar un piso intermedio o desconocido, casi rezando que el 2 rojo se dibuje en la pantallita.

El ascensor fue inventado por Arquímedes en el año 236 Antes de Cristo. Duración media del viaje: 17 segundos.

martes, 15 de abril de 2008

Agujeros

Yo creo que todo el mundo está agujereado, que esto no es más que un queso gigante que los ratones no se comen porque no hay ratones tan grandes, y nada más. En mi casa, por ejemplo, hay un pequeño agujero justo debajo del caño de desagüe de la pileta de la cocina, y otro un poco más grande (casi tan ancho como mi dedo chiquito del pie, lo comprobé yo mismo) en mi pieza, al lado de donde pongo la caja con los juguetes; con la foca de peluche, el tigre con rueditas en las patas y la mantis hecha de alcaucil; y son iguales, ambos redondos y negros y todo agujeros.

El domingo pasado le mostré a Claudia este último agujero después de hacer el amor y desenredarme las sábanas de las piernas y le conté mi teoría mientras me sacaba algunos de sus cabellos de la boca, pero no me prestó atención. El diálogo la mayoría de las veces es un par de personas hablando cada una de un tema que considera interesante y la otra no, una pelea de fuerza bruta por hablar con otro de lo que a uno le incumbe. Y esa mañana era exactamente así; yo hablando sobre los agujeros y sus pormenores y ella exponiendo un tratado minucioso sobre la manera de descascararse el esmalte de uñas con el correr de las horas. Luego de las primeras escaramuzas, acepté su tema de conversación para que se fuera lo más rápido posible (y sin embargo no hay esmalte que aguante en los dedos del pie por más de 8 horas, y el de color morado dura mucho menos aún por causas que nadie llega a comprender del todo todavía). Y al fin se fue, recogiendo su tapado de piel a la apurada y (creo yo) luego de darse cuenta de mi apuro por que se fuera.

Si bien me es imposible saberlo a ciencia cierta, pienso que todos los agujeros están interconectados de alguna manera misteriosa y azarosa. Algunos seguramente son el comienzo de un larguísimo serpentear de vacío que surca la materia hasta llegar al Centro, un hueco no necesariamente equidistante de los millones de bocas, nexo entre los túneles, como una central telefónica de la nada. Si bien me gusta esta idea, sé que es mucho más probable que existan muchos centros, y que algunos túneles, los más importantes, van directamente de agujero a agujero. Quizás el agujero de mi pieza es el origen de un túnel que tiene una salida en Medellín (o Barranquilla, o Bogotá), y por eso hace tanto calor en esa pieza mientras que el resto de la casa es bastante más fría. Medellín, en la intimidad de mis pensamientos yo sé que es Medellín.

El jueves a la tarde, después de la siesta, me levanté de la cama y pegué mi cara a la pared fría para oler dentro del agujero de mi habitación, y adiviné un olor a café y a humo de ciudad, aunque me incliné por pensar que era el humo de unos cigarros bailando en un bar al ritmo de conversaciones espontáneas. Intenté escuchar lo que se hablaba del otro lado haciendo coincidir el vacío de mi oreja con el del agujero, pero no encontré más que un repiqueteo bastante espaciado en el tiempo, quizás un mensaje de alguien que del otro lado buscaba comunicarse. Preferí guardar prudencia y no contestar; simplemente me tomé el trabajo de anotar el patrón de golpe-silencio-golpe-golpe y compararlo luego con la clave Morse para ver si tenía sentido. Del análisis de dos horas de secuencia, surgió una cadena de letras aparentemente aleatorias, EWDDCTTCAFETTR, café, irremediablemente café, obviamente café. Estoy seguro de que es Medellín, aunque sé que a Claudia no le va a interesar, y se va a poner a hablar de canastas ni bien empiece a contarle. O de colores de alfombra (y ya tengo ensayada la respuesta: el marrón me parece adecuado, no, ése no, ése, el más claro).

La cuestión es que ayer me decidí a terminar con mi actitud tan testaruda y silenciosa y a finalmente dar señales de que hay alguien de este lado. En un primer momento pensé emitir yo también un mensaje en clave, por ejemplo WDCTANGODDM, o imitar un ladrido de perro, pero al final me decidí a vertir en el agujero unos pocos mililitros de líquido para estudiar la reacción del receptor en el otro extremo y continuar a partir de eso. Por supuesto que no podía ser cualquier líquido, así que en una tapita de Coca-Cola preparé una mezcla de jugo de uva, pelo de carpincho molido y canela; la revolví con la parte de atrás de un fósforo usado y la vacié en la boca del agujero, que la tomó sedienta como pocas.

Esperé muchas horas infructuosamente, mirando, escuchando, oliendo, pero solamente se veía el negro, se escuchaba el negro, se olía el café, el humo, la canela y la uva. Sentí el tiempo estirarse y me quedé dormido, y no recuerdo bien qué soñé (algo de unos elefantes, un chico con una amapola amarilla en la palma de la mano, y yo tenía zapatos de colores distintos).

Hoy a la mañana, luego de lograr despegar mis párpados, descubrí una finísima oruga asomándose muy tímidamente de entre las garras del pequeño abismo, y me quedé un rato mirando la pared, rascándome la nuca y pensando, intentando comprender qué me quiso decir mi compañero del otro lado. Probablemente el diálogo a través de los agujeros se parece bastante al oral, y a fin de cuentas estamos más solos de lo que pensamos, y podemos conversar tanto como la foca de peluche y la mantis de alcaucil una tarde fría de primavera.

lunes, 28 de enero de 2008

La niebla


La tarde que empezó, la niebla sorprendió al pueblo de Hernández como cualquier acontecimiento súbito pero medianamente esperado (como lo son la lluvia, el anochecer o la llegada del vendedor de cigarros los jueves por la tarde). Los ancianos ya la comentaban esa misma mañana, y los jóvenes la consideraban menos probable a causa de los comentarios de los viejos. Lo cierto es que cuando el aire empezó a teñirse de finísimas hebras amarillentas ya no hubo otro tema de conversación en las pulperías, y en la escuela dejaron ir antes a los chicos que se fueron corriendo, cantando canciones de mariposas y pateando cubos de telgopor blanco.

A las tres horas de comenzado el fenómeno, la densidad de la niebla era tal que desde el campanario de la iglesia ya no se veía la hamaca celeste de la plaza (solamente la roja; y estaba muy quieta, como esperando), y los techos de las casas asomaban como pequeños sombreros del mar espeso y blanquecino. Mirando al ras del suelo, daba la sensación de que la niebla brotaba de las calles de arena sucia; y quién sabe en realidad de dónde venía esa locura espesa, esa nube que andaba acariciando la tierra.

Esa noche todos durmieron más profundamente que de costumbre, y al otro día, temprano por la mañana, comenzaron a circular las noticias del mundo exterior. Aparentemente la niebla acababa a unos cuantos metros de las fronteras del pueblo y un poco más allá la mañana era limpia y fresca. Esto sorprendió un poco al lechero y al vendedor de almohadas, pero consideraron que se trataba de algo irremediablemente pasajero y que no había más que esperar un buen rato para que todo retornase a la normalidad.

La mañana comenzó bien rara, como era de esperarse. Las horas pasaban y las noticias llegaban de todos lados, a pesar de que nadie parecía entrar o salir del pueblo. A las ocho y veinte el vendedor de canastas le comentó a Doña Julia (que vivía en una mitad de cuadra) que el pueblo vecino había sido atacado por una plaga de hormigas negras que, si bien no picaban ni comían carne, asfixiaban a los habitantes de las casas, ocupando todo el espacio que segundos antes ocupaba el aire. Doña Julia no pudo dejar de asustarse y tiró tanto veneno cerca de la puerta de su casa que su perro Mateo se enfermó del estómago instantáneamente; y no fueron pocos los pájaros que aparecieron muertos en las esquinas solitarias y silenciosas.

A las tres y treinta y dos trascendió el rumor de que el pueblo estaba siendo rodeado por una cadena interminable de jirafas que, unidas por una bufanda de color celeste, impedirían a toda costa la salida de cualquier persona. Los motivos, desconocidos; pero el panadero y su esposa Ofelia aconsejaron a todos que permanecieran en sus casas, y nadie se atrevió a contradecirlos. Atrancaron bien las puertas y se quedaron encerrados, apenas alumbrados por la luz de una velas y entretenidos por los diarios viejos, el mate y la galleta un poco reseca del día anterior. Así fue como el resto de ese día nadie se animó a abrir siquiera una ventana, y al otro día fue muy difícil diferenciar la mañana de la tarde, y la tarde de la mañana siguiente. Por el mismo motivo, tampoco nadie notó que la niebla iba aflojando en sus intenciones, y empezaba de a poco a abandonar las paredes y las calles del pueblo.

Al cuarto día ya no quedaban rastros de la niebla y tampoco había gente en las calles, la plaza, la iglesia ni la feria. Las casas ya no eran más que un recuerdo en el aire vacío, marcas en la tierra seca, y un par de perros vagabundos recorrían todavía los contornos, desorientados. El vendedor de tuercas y tornillos pasó a la hora de siempre y olió algo raro en el aire; y a pesar de que no le vendió nada a nadie, no se fue con la misma cantidad de tornillos con los que entró.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Lluvia


Hoy decidí que aprovecharía la lluvia que anunció el señor de moño pardo y bigote del noticiero en el pronóstico de la mañana para salir a bañarme y lavar mis culpas y mis malos recuerdos. Después de todo, todos tenemos algún mal recuerdo en nuestras vidas, alguna Julia o Jorgelina que nos ha dejado porque le fuimos infieles (pero solamente una vez) o un insecto que nos pareció mal haber matado, y soñamos con algún día sentirnos limpios de culpa y cargo y tomarnos un licuado de frutilla en una mesa a la calle de un restaurante, a las 4 de la tarde de un domingo, como quien no quiere la cosa.

Como se trataba de algo medianamente importante, no podía hacerlo suceder sin prestar atención a los detalles. Tenía que vestir el patio de casa para la ocasión. Lo primero que hice fue llevar a todas las plantas en sus macetas, una por una, al balcón de casa y arrojarlas a la calle desde allí. Ví que mucha gente se asombró y hasta algunos vecinos juntaron algunos de los ejemplares para seguir haciéndolos crecer en sus propios patios. Pobres infelices.

Luego saqué el auto del garage y me dirigí hacia la pinturería que hay a tres cuadras de mi casa, donde le pedí a Don Gerardo dos tarros grande de Albalátex amarilla y uno chiquito de naranja. Me los vendió pero como un padre que se separa de sus hijos, como la señora Gladys cuando me vendió el gatito que había tenido su gata Teresa y que regalé a una novia allá lejos en el tiempo. Cargué todo en el auto y lo dejé a Don Gerardo, lo sé, preguntándose por qué no había comprado brocha ni pincel.

Llegué a casa y después de fumarme un pucho me puse manos a la obra. Destapé los tarros blancos por fuera y amarillos por dentro y con una escoba me puse a pintar violentamente y con decisión el cuadrilátero antes blanco con piedritas azules. Cuando terminé, me había sobrado todavía un poco en cada tarro, y los guardé para alguna ocasión futura.

Habiendo cubierto todo de amarillo, mojé mis manos en la pintura naranja y dibujé con trazos gruesos en todas direcciones. Me dejé llevar y tracé líneas (sobre todo diagonales), y cuando sentí que había terminado me paré un rato a tratar de adivinar formas, y colibríes, y cuentas de sumar que no daban; y un árbol como un jacarandá pero naranja de hojas y de tronco.

El terreno estaba listo. Me tiré boca arriba y completé la obra. Era la hora que el señor del noticiero había señalado. El cielo era una mezcla brumosa; era cientos de grises mientras el piso era amarillo y naranja, y yo.

Diez minutos más tarde, el cielo cayó en forma de pequeñas perlas sobre mí; me golpeó, me desgarró las voluntades y la carne. Esperé a que terminara, a levantarme nuevo y con derecho a tomarme un licuado de frutilla en una mesa a la calle de un restaurante, a las 4 de la tarde de un domingo, como quien no quiere la cosa. En cambio al terminar me sentí cansado y aburrido; me miré al espejo y me sentí sucio. Ahora pienso que en realidad la lluvia no nos lava, sino que nos deja una versión más corrupta de nosotros mismos, para que miremos en el espejo y nos demos lástima; y nos peguemos un baño para después tomarnos un mate mirando en la tele el pronóstico para el día siguiente esperando que el señor de moño pardo y bigote anuncie Sol para mañana, Sol para pasado mañana, Sol todos los días, solamente Sol menos a la noche, que puede llover todo lo que quiera porque se duerme tan bien con lluvia cuando uno está adentro, bien metido debajo de la sábana.

martes, 4 de diciembre de 2007

Cuentos de mi infancia III: Un inspector en el desierto

Éste lo escribí en tercer grado :)

Había una vez un inspector llamado "Tiro al Aire" (que por el nombre era despistado), tenía que ir al desierto Sahara. Era para descifrar un papiro con jeroglíficos que estaba en un sarcófago en la pirámide Keops. Después de un largo viaje, llegó y desplegó su mapa. Estaba a seis millas de Keops, por suerte tenía agua para 1 año. 1 año después, ya estaba frente a Keops, pero no había entrada. Buscó y rebuscó. Por fin encontró un ladrillo suelto, y entró. Encontró 8 sarcófagos y 1000 serpientes guardianas. Por suerte Tiro tenía arco y flecha. Tenía 2000 flechas, y gastó 1999. Con una flecha no hacía nada, pero no había más serpientes. Revisó los sarcófagos y en el quinto estaba el papiro. Lo descifró y decía "El que abra los sarcófagos hasta llegar a este se le caerá Keops encima". El inspector salió corriendo y cuando puso un pie afuera se cayó Keops. Por suerte Tiro se salvó, y no hubo más secretos.

domingo, 12 de agosto de 2007

La sal




Me siento en el restaurante de la esquina del lugar donde trabajo y pido un churrasco con ensalada. El mozo, con cierto aire de preocupación, me avisa que la carne tardará unos 20 minutos en salir, y que los platos del día salen “en el acto”. Rechazo el cambio y procedo a esperar la comida, mientras hojeo el diario del día, en busca de la sección deportiva, los chistes, y luego, las noticias más trascendentes (o sea, las que quedan en la memoria por 5 minutos más).

Levanto por un instante la vista del diario, y noto que el mozo le comunica al dueño del local mi decisión. El dueño, un hombre calvo de unos 60 años, mira en mi dirección con un gesto mezcla de inevitable asombro y desesperación, y luego entra en la cocina como quien acepta la fatalidad cuando golpea las puertas del propio destino.

Continúo leyendo el diario con el mismo desinterés de siempre. Las noticias que aparecen frente a mis ojos son un asalto en el Barrio de Once, un tiroteo en San Justo, un choque en San Isidro, otro en Morón, una jirafa en el zoológico que hace goles con pelotas playeras. Chequeo el reloj, y ya pasaron 17 minutos desde que hice mi pedido al mozo. Lo miro con un gesto que evidentemente interpreta como impaciencia y me dice “ya está marchando lo suyo”.

Finalmente, luego de 23 minutos de espera, el plato con el churrasco y la ensalada aparece de la mano del mozo, que se disculpa por la demora y se retira solemnemente. Tomo los cubiertos, y me percato de que falta el salero.

-Mozo, necesito la sal, por favor.

El mozo toma un salero de una mesa vecina y amablemente lo deja en mi mesa. No lo comenté antes por parecerme innecesario, pero me gusta mucho la carne cuando está bien salada, además de cocida.

Recorro el espacio entre la carne y mi mano con el salero dos o tres veces, agitándolo con un poco de fuerza, viendo como los finos cristales se hunden en la carne algo jugosa. Cuando juzgo que es suficiente (y quiero remarcar, esto es bastante después de lo que lo juzgaría la mayoría de la gente), dejo nuevamente el salero en la mesa, y procedo a cortar el primer trozo de carne.

Cualquiera que guste de la carne y alguna vez haya comido un buen churrasco, conoce la gloria de este momento, así que no me voy a detener demasiado en la sensación de gula infinita previa a probar el primer bocado. Lo particular de la situación, es que definitivamente, la carne no estaba salada. Estaba sosa, como si nunca hubiera intentado salarla.

Tomo el salero con cierto enojo y la salo un poco más, como quien tampoco quiere excederse. Pruebo otro pedazo: como si nada. Con mucho enojo, duplico la cantidad de sal, sólo para encontrar otro pedazo con el mismo gusto que todos los anteriores.

Pongo un poco de sal sobre la palma de mi mano y la lamo. En ese momento, mis papilas gustativas me recuerdan que olvidé lavarme las manos, y siento un gusto agrio, a mugre, pero la sal no tiene sabor.

Siento un fastidio intenso, tiro dos billetes de diez pesos sobre la mesa y me retiro bruscamente, arrancando mi presencia del restaurante decadente y vacío. La calle es azul, y veo seres deformes, y tortugas saltando la soga, pero sólo siento fastidio y ganas de discutir con todo el mundo en la oficina, y te veo en todos mis pensamientos, y protesto por haberme olvidado de vos en la noche de amapolas amarillas.

sábado, 28 de julio de 2007

Cadáver exquisito de a dos

Ayer estaba en un bar con mi amiga de siempre tomando algo y en la parte de atrás del menú (que era un papel nomás), salió este cadáver en unos 5 minutos. En azul lo que escribí yo y en rojo lo de ella (igual que en el original ;) )

La señora descansaba plácidamente sobre su futuro lecho de muerte. En ese momento, la muerte le parecía algo lejano y amargo, pero esa misma noche de invierno tocó a su puerta. La descubrió tras las cortinas de plástico de la puerta de su patio, y un poco asombrada la invitó a pasar para tomar unos mates amargos.
El agua llegaba a la temperatura justa con la velocidad de los acontecimientos que uno quiere postergar para siempre. Tras unos minutos de evitar la pregunta, le sirvió el último mate y le lanzó su duda. La señora de blancos cabellos y ojos hondos le contestó con el silencio que siempre inspira certeza y decepción.
Con una sonrisa en su boca y lágrimas en sus ojos, se despidió de ella y se acercó al primer cajón de su mesita de luz. Alcanzó a ver la foto del joven de gorra y saco a cuadros, y un segundo después pasó a ser parte del aire.

jueves, 7 de junio de 2007

Beba y Olga

Olga miró su reloj pulsera con la prisa del que no tiene más que hacer que esperar a que se haga una hora determinada, como si la finalidad del tiempo fuera solamente mover las manecillas del reloj o hacer que el agua hierva en las pavas puestas al fuego. El vidrio estaba un poco enturbiado por la humedad y rayado por los accidentes domésticos de muchos días; el reloj había sido un regalo de su difunto marido Héctor en su cumpleaños número cuarenta y nueve.

Las seis y media de la mañana. Era hora de despertar a Beba, su hermana. Vivían juntas desde que Olga enviudó, ya que Beba era soltera y setentona como ella, y necesitaba un poco de compañía. Habían convenido la noche anterior, mientras Olga peinaba sus cabellos grises, que se despertarían a esa hora para comenzar a hacer las cosas de la casa y luego sentarse a tejer y tomar mate, mientras el domingo se desgranaba en los relojes de arena de todo el mundo. Pero Olga, quizás por temor a quedarse dormida o por falta de cansancio, estaba despierta desde las cinco y cincuenta y dos.

Salió del baño luego de enjuagarse un poco los ojos y se acercó a la habitación contigua. Beba debía dormir pesadamente. Tomó un poco de aire y dijo fuerte:

-Beba, despertate, que ya son las seis y media.

No escuchó desde las penumbras ningún sonido que le diera indicios de que Beba hubiera despertado a causa de su llamado. Lo repitió, algo más fuerte, con la misma falta de efecto.
Volvió a mirar su reloj. Eran las seis y treinta y cuatro. Este paso de algunos minutos la hizo poner un poco nerviosa.

-Vamos Beba, que ya es tarde. Arriba dormilona!

Absolutamente nada. La oscuridad de la habitación se conjugaba con la ausencia total de sonido que brotaba desde ella. Negrura y silencio, y nada más.

Olga abrió la puerta de la habitación y se dirigió hacia la pared opuesta, donde estaba la ventana que daba al patio de la casa. Abrió las cortinas de par en par: afuera el día amanecía gris, con el cielo totalmente cubierto, pero una tenue luz bañó la totalidad del cuarto. Beba yacía boca arriba, con sus ojos cerrados. Olga ensayó el llamado algo más, agitando un poco la mano de su hermana para intentar arrancarla de su sueño, seguramente acerca de elefantes y canastas de mimbre. Pero nada.

Sintió la adrenalina acumularse un poco en la parte de atrás de su cuello, estaba poniéndose histérica. Con la mano derecha, le dio dossopapitos en la mejilla a Beba, que no acusó recibo. Se puso más nerviosa; la sopapeó una tercera vez. Nada. Entonces, se le ocurrió lo peor. Había su hermana, por casualidad, perdido la vida durante el sueño?

Acercó su oreja izquierda al pecho de Beba y escuchó su corazón, que latía con calma y decisión. También respiraba, no había motivos para alarmarse.

Se detuvo un instante, intentó permanecer inmóvil unos segundos, pero no pudo. Tomo a Beba de los hombros y se puso a agitarla como una maniática. Pateó la cama, pero nada. Gritó. Su hermana seguía en su letargo.

Tomó uno de los brazos de Beba y le corrió la manga del camisón hasta el codo; abrió su boca bien grande y la mordió, con todas sus fuerzas. Abrió sus ojos y esperó una reacción, un grito, al menos un gemido, pero Beba no se movió.

-Beba, la puta madre, despertate! Beba!!

Le pegó un cabezazo en la frente, sin resultados más que un leve corrimiento del pelo del flequillo de Beba. Se enfureció. Se sacó una pantufla y le pegó muchas veces, en la cabeza y en la panza. Nada. La destapó por completo, la levantó un poco de un brazo y la castigó duro en una nalga, pero Beba no despertó.

-Bebaaaa!! Bebaaa!!! Contestame!!!

De un tirón, arrancó las cortinas y se quedó con la varilla que las sostenía. La tomó con fuerza con ambas manos y la castigó varias veces en la cabeza, hasta que se partió a la mitad en sus manos temblorosas. También desenchufó el velador de porcelana y se lo revoleó, con bastante mala suerte porque le erró a la cabeza y rebotó sordamente contra el blanco cobertor de la almohada.

Pensó en electrocutarla, pensó en tirarle el ropero encima. Pensó en ahorcarla con un trapo, en clavarle un clavo en una pierna, en tirarle un balde de agua helada. Pensó en ahogarla con un perro, hacerla respirar el hedor y los pelos sucios y llenos de pulgas. Agarró la cama y haciendo uso de una fuerza que desconocía tener, la puso de lado, y su hermana cayó al frío piso, pero sin reaccionar. Corrió la cama de un golpe y se acercó para patearle la cabeza, pero de repente la duda volvió a aparecer en su mente, estaba segura de que había escuchado su corazón latir?

Se acercó de nuevo a su pecho y otra vez creyó escuchar los latidos, aunque no estaba muy segura... Y si era el ruido del propio pulso rebotando contra su tímpano? Sí, claramente no podía saber si estaba latiendo... Pero antes sí estaba segura...

De repente volvió en sí y notó con horror el desorden de la habitación. Y si antes estaba viva y ahora no? Y si ella la había matado?

Horror, horror... qué horror! Qué iban a decir los familiares... Julio, el almacenero. Y la policía! No! La policía no... Algo había que hacer... Rápido... Todavía era temprano.

Agarró una bolsa negra de consorcio del galponcito del fondo y la metió a Beba adentro, con mucho cuidado de no dejar ni un cabello fuera. Ató la bolsa con un fuerte nudo y la arrastró hasta la puerta de salida de la casa. Miró antes de salir: el pueblo todavía dormía. Había tiempo.

Emprendió el viaje con la bolsa a la rastra a toda prisa, hasta llegar al río que pasaba a algunos centenares de metros de su casa. La tiró con fuerza y la corriente hizo su trabajo; la arrastró velozmente hasta que Olga ya no la pudo distinguir de los pequeños saltos y las turbulencias del agua. Luego se dio vuelta y empezó a correr, pasó los límites del pueblo y siguió, saltando los yuyos, levantando con ambas manos su vestido para no tropezarse, y nadie supo más de ella.

lunes, 21 de mayo de 2007

El viento y la memoria

Sabido es que el viento y la memoria se llevan muy mal desde siempre; el uno es el apego a las cosas que pasaron, y el otro es el que las hace pasar irremediablemente e intenta borrar todo rastro de lo sucedido, como un asesino de las cosas que persisten.

Por ejemplo puede usted doblar la esquina de Leandro N Alem y Corrientes a las siete de la tarde de algún día de invierno, y notará,
por más que se empeñe en negarlo, que al emprender la subida empinada que la calle realiza en ese exacto lugar todos los días, un viento bastante fuerte le jugará en contra al esfuerzo de las piernas.

Sea perseverante y continúe caminando, el viento tirando hacia atrás sus cabellos, el sobretodo bailando una silenciosa música endemoniada, el rostro de su amante como primer pensamiento, con sus ojos eternamente verdes, el cabello castaño claro, la noche anterior en su alcoba con ella, la música de Beethoven, el aroma del incienso previamente preparado como silencioso cómplice de la escena romántica. Piénselo de vuelta, y verá que ya sus ojos son quizás azules o quizás marrones, aunque la alcoba es bella, la música suena fuerte y el aroma lo envuelve y lo seduce. Cuatro segundos después y el sillón contra el rincón, se preguntará, realmente estuvo allí, o lo imagina mientras camina casi rozando la pared? Y cómo es el nombre de ella? Era Judit, Janet, Yolanda o Gloria? Pero el incienso siempre efectivo, y la melodía de cajita musical, y las cortinas que bailan al compás de su propio ritmo. Y se cruza una señora mayor usando bastón, tambaleándose a causa del aire en movimiento, pero el aroma era de incienso, o es un candelabro con tres velas que despide el nauseabundo olor de la cera común?

El viento sopla y chifla para adentro en las ventanas y usted seguirá intentando definir las imágenes que se descuelgan de sus sienes. Era una alcoba o estaba en clase de Filosofía, y el profesor habla de cavernas y de sombras? Y después de todo, adónde se estaba dirigiendo? O iba a sentarse allí, con la mano extendida, a pedir que alguien le tire unas monedas roñosas? Se llama usted Julio, Ernesto, Pantera o baldosa? Y por qué el hombre que viene detrás suyo sonríe como sabiendo lo que usted al mismo tiempo olvida, y la señorita de más atrás tararea la melodía que usted cree nunca haber escuchado? Y está seguro de que la niña de dulce voz que recuerda no es la novia del muchacho que va más adelante y ahora lo mira de frente, confundido, con el destino escrito en las palmas de las manos pero con la mente en blanco y los ojos muy abiertos, como aterrado de existir?