jueves, 7 de junio de 2007

Beba y Olga

Olga miró su reloj pulsera con la prisa del que no tiene más que hacer que esperar a que se haga una hora determinada, como si la finalidad del tiempo fuera solamente mover las manecillas del reloj o hacer que el agua hierva en las pavas puestas al fuego. El vidrio estaba un poco enturbiado por la humedad y rayado por los accidentes domésticos de muchos días; el reloj había sido un regalo de su difunto marido Héctor en su cumpleaños número cuarenta y nueve.

Las seis y media de la mañana. Era hora de despertar a Beba, su hermana. Vivían juntas desde que Olga enviudó, ya que Beba era soltera y setentona como ella, y necesitaba un poco de compañía. Habían convenido la noche anterior, mientras Olga peinaba sus cabellos grises, que se despertarían a esa hora para comenzar a hacer las cosas de la casa y luego sentarse a tejer y tomar mate, mientras el domingo se desgranaba en los relojes de arena de todo el mundo. Pero Olga, quizás por temor a quedarse dormida o por falta de cansancio, estaba despierta desde las cinco y cincuenta y dos.

Salió del baño luego de enjuagarse un poco los ojos y se acercó a la habitación contigua. Beba debía dormir pesadamente. Tomó un poco de aire y dijo fuerte:

-Beba, despertate, que ya son las seis y media.

No escuchó desde las penumbras ningún sonido que le diera indicios de que Beba hubiera despertado a causa de su llamado. Lo repitió, algo más fuerte, con la misma falta de efecto.
Volvió a mirar su reloj. Eran las seis y treinta y cuatro. Este paso de algunos minutos la hizo poner un poco nerviosa.

-Vamos Beba, que ya es tarde. Arriba dormilona!

Absolutamente nada. La oscuridad de la habitación se conjugaba con la ausencia total de sonido que brotaba desde ella. Negrura y silencio, y nada más.

Olga abrió la puerta de la habitación y se dirigió hacia la pared opuesta, donde estaba la ventana que daba al patio de la casa. Abrió las cortinas de par en par: afuera el día amanecía gris, con el cielo totalmente cubierto, pero una tenue luz bañó la totalidad del cuarto. Beba yacía boca arriba, con sus ojos cerrados. Olga ensayó el llamado algo más, agitando un poco la mano de su hermana para intentar arrancarla de su sueño, seguramente acerca de elefantes y canastas de mimbre. Pero nada.

Sintió la adrenalina acumularse un poco en la parte de atrás de su cuello, estaba poniéndose histérica. Con la mano derecha, le dio dossopapitos en la mejilla a Beba, que no acusó recibo. Se puso más nerviosa; la sopapeó una tercera vez. Nada. Entonces, se le ocurrió lo peor. Había su hermana, por casualidad, perdido la vida durante el sueño?

Acercó su oreja izquierda al pecho de Beba y escuchó su corazón, que latía con calma y decisión. También respiraba, no había motivos para alarmarse.

Se detuvo un instante, intentó permanecer inmóvil unos segundos, pero no pudo. Tomo a Beba de los hombros y se puso a agitarla como una maniática. Pateó la cama, pero nada. Gritó. Su hermana seguía en su letargo.

Tomó uno de los brazos de Beba y le corrió la manga del camisón hasta el codo; abrió su boca bien grande y la mordió, con todas sus fuerzas. Abrió sus ojos y esperó una reacción, un grito, al menos un gemido, pero Beba no se movió.

-Beba, la puta madre, despertate! Beba!!

Le pegó un cabezazo en la frente, sin resultados más que un leve corrimiento del pelo del flequillo de Beba. Se enfureció. Se sacó una pantufla y le pegó muchas veces, en la cabeza y en la panza. Nada. La destapó por completo, la levantó un poco de un brazo y la castigó duro en una nalga, pero Beba no despertó.

-Bebaaaa!! Bebaaa!!! Contestame!!!

De un tirón, arrancó las cortinas y se quedó con la varilla que las sostenía. La tomó con fuerza con ambas manos y la castigó varias veces en la cabeza, hasta que se partió a la mitad en sus manos temblorosas. También desenchufó el velador de porcelana y se lo revoleó, con bastante mala suerte porque le erró a la cabeza y rebotó sordamente contra el blanco cobertor de la almohada.

Pensó en electrocutarla, pensó en tirarle el ropero encima. Pensó en ahorcarla con un trapo, en clavarle un clavo en una pierna, en tirarle un balde de agua helada. Pensó en ahogarla con un perro, hacerla respirar el hedor y los pelos sucios y llenos de pulgas. Agarró la cama y haciendo uso de una fuerza que desconocía tener, la puso de lado, y su hermana cayó al frío piso, pero sin reaccionar. Corrió la cama de un golpe y se acercó para patearle la cabeza, pero de repente la duda volvió a aparecer en su mente, estaba segura de que había escuchado su corazón latir?

Se acercó de nuevo a su pecho y otra vez creyó escuchar los latidos, aunque no estaba muy segura... Y si era el ruido del propio pulso rebotando contra su tímpano? Sí, claramente no podía saber si estaba latiendo... Pero antes sí estaba segura...

De repente volvió en sí y notó con horror el desorden de la habitación. Y si antes estaba viva y ahora no? Y si ella la había matado?

Horror, horror... qué horror! Qué iban a decir los familiares... Julio, el almacenero. Y la policía! No! La policía no... Algo había que hacer... Rápido... Todavía era temprano.

Agarró una bolsa negra de consorcio del galponcito del fondo y la metió a Beba adentro, con mucho cuidado de no dejar ni un cabello fuera. Ató la bolsa con un fuerte nudo y la arrastró hasta la puerta de salida de la casa. Miró antes de salir: el pueblo todavía dormía. Había tiempo.

Emprendió el viaje con la bolsa a la rastra a toda prisa, hasta llegar al río que pasaba a algunos centenares de metros de su casa. La tiró con fuerza y la corriente hizo su trabajo; la arrastró velozmente hasta que Olga ya no la pudo distinguir de los pequeños saltos y las turbulencias del agua. Luego se dio vuelta y empezó a correr, pasó los límites del pueblo y siguió, saltando los yuyos, levantando con ambas manos su vestido para no tropezarse, y nadie supo más de ella.

14 comentarios:

Luciano dijo...

Oscuro, frío y por supuesto, un poco delirante. Sírvanse.

La Incondicional dijo...

Me trajo algunos recuerdos de juventud. Cuando aún vivía con mi hermana. Siempre imaginé que ambas llegaríamos a viejas solteronas. Por suerte me casé antes que pueda matarme. O yo a ella.

Hernan dijo...

Qué final desorganizado! Bien, don Lucho, siga así! :)

PD: Para cuándo el libro de cuentos?

Rosario dijo...

Y...se hizo la luzzzz!!!!! Este me gustó un 95%!!!! Está muy bueno, y veo que cada vez dejás más cachitos de tu alma en tus historias, siga así!!!!

Rosario dijo...

Si respondés el comentario anterior, por favor, no escribas: "espero llegar a agradarle un 100%" o algo así...Sería muy previsible...:P Besos!

Luciano dijo...

la incondicional: Vamos a ver cómo llegan a los setenta :P

hernán: El libro, para cuando considere que alguien pueda llegar a comprarlo :P

rosario: Espero llegar a agradarte un 100%. Digo no... me alegro de haber llegado tan alto! :D

C dijo...

Yo Beba la vi nacer un día de semana en un barcito armenio. Qué tristeza!
Requiem para ella...

Cecilia Olga

Simon Erusalimsky dijo...

jaaa.. muy bueno.. me hizo acordar mucho a los cuentos de Fontanarrosa, bien contados, bien ubicados, muy graficos, con uns historia rara y un final extraño, casi como si no lo tuviera...

por otro lado esta usted invitado a participar del octojuego!, sin obligacion de compra, cualquier cosa consulte a su medico...

La Incondicional dijo...

Llegaremos o alguna asesinará antes a la otra?

Luciano dijo...

c: La vida es así, no somos nada...

saimon: Gracias por los halagos, creo que por el momento pasaré del octojuego (a no ser que no se me ocurra nada mejor para postear :P)

la incondicional: Solo Dios sabe eso... (????)

raoul dijo...

"elefantes y canastas de mimbre" jajajaj!!! me suena... copada la auto-referencia :P, como cuando tarantino aparece en sus peliculas :D
Cueto loko este eh, alto delirio.

Luciano dijo...

raulo: Me alegro de que le haya gustado. Un abrazo a la distancia.

Araña dijo...

muy buena historia, delirante y morbosa, pero me encantó..

Luciano dijo...

araña: gracias, me alegro de que te haya encantado :D