
El año que viene es el Mundial.



Creo que en ningún post anterior comenté acerca de mi admiración por Julio Cortázar. Comencé a leer sus libros de cuentos hace no mucho tiempo (de hecho compré los primeros en la Feria del Libro de 2007, y luego me compré los Cuentos Completos y los agoté en pocos meses), y leyendo algunas de sus biografías, me enteré que pasó diez años de su niñez en Banfield, localidad vecina a la que vivo yo (Remedios de Escalada).
Durante nuestra niñez, nuestros padres, maestros y aledaños nos enseñan (si somos lo suficientemente afortunados, claro) a no tirar papeles en el suelo. Sobre todo en casa, el colegio, la calle, etc. Con el tiempo lo aprendemos, y nos sentimos re-limpios cuando, caminando por la calle, tiramos el papel del caramelo en el tacho de basura, o nos guardamos el envoltorio del alfajor en la mochila hasta que lleguemos a algún lugar donde haya tacho.

Yo creo que todo el mundo está agujereado, que esto no es más que un queso gigante que los ratones no se comen porque no hay ratones tan grandes, y nada más. En mi casa, por ejemplo, hay un pequeño agujero justo debajo del caño de desagüe de la pileta de la cocina, y otro un poco más grande (casi tan ancho como mi dedo chiquito del pie, lo comprobé yo mismo) en mi pieza, al lado de donde pongo la caja con los juguetes; con la foca de peluche, el tigre con rueditas en las patas y la mantis hecha de alcaucil; y son iguales, ambos redondos y negros y todo agujeros.